7 feb 2013

Cuento express.


Escribí esto después de reprobar matemática en diciembre mientras escuchaba Radiohead.

 Había una vez, en un lugar más allá de lo que todos conocemos, un reino que festejaba el nacimiento del hijo real. Todo el pueblo explotaba de alegría y emoción. Habían esperado años para la llegada del heredero de todos los dominios de los reyes.

 Mientras tanto, en el castillo real, el rey y la reina no podían parar las lágrimas que salían de sus ojos. Su hijita, la nueva princesa, tenía huesos de cristal. El médico les dijo que debían mantenerla lo más protegida posible, ya que el más simple golpe podría romperla y ocasionarle gran daño, incluso la muerte.

 Entonces, los reyes mandaron a construir un cuarto en lo más alto del castillo, con grandes ventanales de vidrio, para mantener a su tesoro más preciado a salvo, y que pudiera ver las maravillas que iban a ser suyas en un tiempo.

 La niña creció allí, rodeada de almohadas de pluma, juguetes suaves y asistentes para satisfacer todos sus caprichos. La niña gustaba de peinar su cabello rubio por mucho tiempo, por probarse vestidos y disfrazarse. Pero lo que más disfrutaba hacer era observar desde su cama al exterior, viendo los altos árboles, el pueblo y el lago a la lejanía. Un día, vio que unos extraños seres cruzaban por delante de los ventanales, agitando sus extremidades a un ritmo lento. La niña sintió tal fascinación por estas criaturas, que gustaba de despertarse a altas horas de la mañana para observarlas.

 Cada tanto la visitaba un pintor, que le mostraba dibujos de varios animales del bosque e imágenes que capturaba del pueblo, para que la niña aprendiera sobre ellos. Una tarde de primavera, él le mostró una imagen de un Cardenal que había visto, posado en un árbol. La niña respondió con entusiasmo, preguntando qué era esa hermosa criatura que la hacía acordar a las tantas que había visto pasar por sus ventanales. El pintor explicó que era un ave, que volaba para trasladarse por todos lados y que se alimentaba de varios insectos. La pequeña mostró una gran curiosidad por el vuelo de las aves, y le rogó al pintor que le explique tal mecanismo. Al ver la alegría reflejada en el joven rostro, el hombre decidió explicarle sobre el movimiento de sus alas y de cómo se dejaban llevar por las corrientes de viento, aunque no era un experto en el tema.

 La niña quedó pensando toda la tarde acerca de las aves y de su vuelo, y al caer la noche, sus pensamientos antes de dormir eran sus propias posibilidades de volar, de poder sentir el viento en su cara por primera vez en su vida, por poder viajar a todos aquellos lugares que veía desde su cuarto, poder conocer a todas las personas del pueblo y a los animales del bosque.  Esa noche, soñó que los ventanales se abrían, y un grupo de pájaros la invitaban a unirse a su bandada, y ella salía volando, dejando el castillo atrás.

 A la mañana siguiente, despertó al escuchar el sonido de los pájaros. Al abrir los ojos, vio que un gran grupo de aves pasaba al lado de su ventanal, de todas formas y colores. La niña no se resistió a dejarlos ir, ella quería unírseles, ir hacia donde se dirigían.

 Así que, la niña se ubicó lo más alejada de su ventanal, tomó un respiro, y comenzó a correr hacia él. En su último paso, tomó un impulso y saltó. Sintió los pedazos de vidrio rompiendo su piel, el aleteo de los pájaros a su alrededor y la corriente de viento en todo su cuerpo, hasta sentir cómo aterrizaba en algo duro, para no sentir más nada.

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